miércoles, 16 de mayo de 2012

Relojes de arena


Apenas una conjetura  de la pasión y nuestras manos se separan,
Presas, cautivas, prisioneras de lo que no se nombra,
De lo que no se menta.
No hay tiempo para ti ni para mí.
 Todos los relojes de arena se han roto
 Y en aquel lugar que algún día fue nuestra posibilidad, nuestro futuro,
No quedan más que cristales rotos y arena de cuarzo fina,
Que se adhiere a mi piel pero no a mi alma.
No hay lugar para un nosotros.
No hay tiempo para nuestro futuro que quizás llegará
… El mundo….
…. nuestro mundo…
… el tuyo….
… el mio….
 Y aquel que construimos en vanas esperanzas, se desmorona con apatía,
Sueño a sueño, promesa a promesa, ilusión a ilusión
 Hasta que, mi amor, no quede nada de lo que fuimos o pudimos ser
No llores, no llores amor mío
No manches tu rostro con ni una sola lágrima que pueda enturbiar aquello que es tan puro
Siempre te recordaré como ahora
En nuestra playa del tiempo perdido,
Escucharé de las olas el rumor del amor nuevo que encontraste,
De los albatros sabré cuánto de feliz fuiste
Y del viento del Oeste como me olvidaste
Así que no llores mi amor, por que esta arena y yo seremos eternos
Eternamente disipados
Porque soy arena que ha caído de tu reloj….
 Porque ya no hay tiempo para nosotros

domingo, 13 de mayo de 2012

Rios carmesí

La sangre se derrama por el marmoleo suelo blanco, dibujando la geografía de una desesperación llevada a realidad. La pálida luz, anidada más allá de las ventanas, contempla la escena con indiferencia. Retazos de blanco, que un día fueron seda. Trasquilones de azabache que un día fueron orgullo, vanidad y ambición. Ópalo blanco en la piel ahora marcado por hilos carmesí.  No queda nada de lo que fue, apenas un atisbo de lo que podría hacer sido y una pregunta en el aire que flota más allá de lo que la vista podría alcanzar…
¿Por qué?

viernes, 2 de marzo de 2012

Medianoche entre extraños

La vieja taza de café roja descansa humeante sobre la mesa, empañando lánguidamente la ventana. Es una noche tranquila. Los coches, compañeros de mis noches de insomnio, se han alejado también esta noche, huyendo de la negra polución que cubre toda la urbe. Sólo quedamos las hastiadas luces de las farolas y yo mismo. Es una noche tranquila, o al menos lo era…

Comienzan a golpear la puerta con fuerza. Lo ignoro, pensando que quizás algún molesto vecino trasnochador olvidó las llaves. Silencio unos segundos y luego vuelven a insistir, con más fuerza. Refunfuñando abandono mi cómodo sofá para ir a atender la puerta.
Algo, más bien alguien, se cuela en mi piso. Es una figura pequeñas. Quizás un niña. No, es una joven, que balbucea nerviosa y tiembla como una hoja, mientras sus manos dibujan aspavientos aquí y allá, dentro de una sudadera gris gastada que es demasiado grande para ella. No consigo entenderla, sé que las palabras salen de su boca, palabras conocidas en idiomas conocidos, pero yo sólo oigo una amalgama de sonidos sin sentido. Parece alterada, pero no sé cómo calmarla, la lengua se ha hecho un nudo dentro de mi boca y no acierta a desenredarse. Sigue hablándome, cada vez más alterada, pero mis labios permanecen mudos contra mi voluntad. Lo único que soy capaz de hacer es ofrecerle una taza de café caliente y mi sonrisa más tímida. Sus ojos parpadean confundidos, cuando pongo la taza en sus manos, pero pronto su verde profundo se empaña por el vaho de la taza y el agradecimiento.
Ha pasado más de una hora y sigue aquí. Hace rato ya que dejó de intentar hablar conmigo y ahora, observa la calle desde el alfeizar de mi ventana. Su rostro lo iluminan los neones del club de la esquina, llenando su gesto de preocupación de colores brillantes y antinaturales. Su cuerpo está aquí, pero en su mirada se ve que su mente está mirando mucho más allá de la ventana, de la calle y quizás de la ciudad. Sus ojos, ahora salpicados de violeta y rosa, parecen conocer la ventana a otro mundo. Yo, cobarde de mí, sólo puedo deleitarme en cómo la ciudad tiñe con colores irreales esa mirada tan melancólica. Suspira y es un suspiro lento, profundo, de los que vienen del centro del alma, intentando liberar un gran pesar, y mancha con su tristeza el cristal de mi ventana.
¿Quién es ella?
¿Qué hace aquí?
¿Es peligrosa?
No puedo evitar cuestionarme a mí mismo sobre esta misteriosa invitada que he dejado entrar en mi casa, pero una parte de mí, una gran parte de mí mismo, no desea dejar de admirar la curva de su cuello, níveo, que se atisba ente los mechones distraídos de su melena y el ancho cuello de su sudadera. Ella es lo más hermoso que haya visto jamás.
Noto su cansancio, sus parpadeos son cada vez más lentos, más pesados y ha comenzado a apoyarse contra la ventana, pero también sé que no quiere marcharse… y yo tampoco quiero que se marche.
Con el silencio que tristemente caracteriza todas mis acciones, le entrego unas mantas y una almohada, bastante mullida por todo el polvo que acumula.

Sus ojos titilan de nuevo al son de las luces de neón. Noto primero confusión, seguida de un chispazo de recelo que desaparece bajo una profunda bruma de agradecimiento.
Me retiro a mi habitación, en busca del habitual consuelo de la soledad, pero esta noche extraña la cama me acoge pero no me atrapa. Mis pensamientos están más allá de la fina pared, en el sofá de tela desgastado donde es posible que ella se esté acurrucando, impregnando el mueble y la ropa de cama de su esencia.
Ya que mis pensamientos me apartan del sueño, busco distracción en la abultada geografía de mi techo, pero incluso allí, colándose por algún resquicio en la persiana, están las luces brillantes del cartel y vuelven a mi mente las cambiantes mareas de sus iris.
La puerta se abre y en mi cama se cuela un hada. Ya se ha desprendido de su gris sudadera-crisálida y ahora se presenta a mi hermosa y semi desnuda como una mariposa. Su cabeza desciende mientras sus ojos se enredan con los míos, su pelo corto y desigual cosquillea mis mejillas cuando nos besamos. Le hago un hueco a mi lado y seguimos besándonos y explorándonos. Es una noche demasiado fría, demasiado incierta, para pasarla solos y parece que hemos encontrado nuestro calor el uno en el otro.
El amanecer aun no ha llegado. Es la hora más oscura antes del alba. Mi cuerpo se siente liviano sobre la cama revuelta. Sobre mi hombro descansa ella que respira tranquila pero al igual que yo, sé que no duerme. Algo extraño sucede, una vibración… un sonido… Me vuelvo hacia ella, que en esta habitación oscura y antes triste donde hicimos el amor como desconocidos, que canta para mí. Es una melodía muy triste, sin letra. Es la primera vez que escucho cantar desde que las palabras huyeron de mí.
Han pasado meses desde que las palabras se convirtieron en ruido en mis oídos. Al principio no entendía, luego dejé de hablar y poco a poco me fui aislando, lleno de odio hacia los demás y hacia mi mismo, por haber olvidado algo como eso, por haber perdido el vínculo fundamental con mi mundo.
Los ríos salados corren por mis mejillas y mi cuello hasta llegar a ella, que me abraza y sigue tarareando en mi oído. Ella me acuna, me cuida y me arrulla hasta que me duermo.
La mañana ha llegado. Me siento más ligero al despertar, pero tan solo como cualquier otro día. La cama está revuelta, huele a pasión y tristeza. Me incorporo presto y voy hacia el salón. Vacío también. Sobre el sofá, primorosamente doblada hay una sudadera, gris y ajada. La tomo entre mis manos, con cuidado, esperando que no se deshaga como polvo, como un sueño. No, es real, ella existió, estuvo aquí. Fue real. La gratitud me invade.
Nunca sabré cual era el peligro que la acechaba aquella noche y que la empujó a buscar cobijo en mí… y acabé encontrando refugio yo en ella. Quizás algún día la volveré a ve, aún guardo la esperanza,  si no, siempre sabré que compartimos algo hermoso, perfecto y único, y que quizás durante algunas horas, fuimos uno… y eso es suficiente para mí.

Espero que hayas disfrutado de esta entrada número 100 y a los que me seguís habitualmente, y sobre todo a los que comentáis, quería agradeceros vuestro apoyo todo este tiempo, me animáis mucho a seguir escribiendo!. Un saludo

jueves, 23 de febrero de 2012

El sueño


La cama me recibe como un amante cauto, llena de frescor y dulzura. La almohada, en mi oído, comienza a susurrarme suavemente una historia y yo me dejo tejer un pijama con nubes para comenzar una caída lenta. Los miles de colores y sabores de mi lado más extraños son ahora una amalgama de formas, historias y momentos, que se conjuran juguetonas para crear un pacto.
Esta noche me enamoraré de un príncipe hecho del mismísimo material de las estrellas, olvidaré el aspecto de la lluvia, cambiaré mi nombre y mi forma y caminaré cuerdo por un filo agudo de locura, para que cuando la mañana venga presta a buscarme, en mis labios sólo quede, el tenue sabor del beso de ese gran amante que es Morfeo, y saldré a enfrentarme a un mundo de aburrida irrealidad para poder volver cada noche a mi mundo, que es mi sueño. 

jueves, 16 de febrero de 2012

El comprador de historías

En realidad esta historia es vieja, pero después de leerla me di cuenta de que no le había sacado todo el jugo... asi que aqui está la nueva version



El agua resbala por las ajadas mangas de mi gabardina de ningún color. Repaso mi vida, mi historia, mientras la tormenta se afana en borrar mi mirada del presente y dirigirla hasta el pasado.
Hay muchas historias sobre mí, algunas se remontan siglos atrás, todas parecidas, todas contadas en el máximo secreto, contadas de oído a oído y sin atreverse a mentarme apenas. Me han puesto muchos nombres, no me importa ninguno, pero si necesitáis nombrarme, llamadme Comprador. Posiblemente no me hayas visto. Seguramente nunca os habéis fijado en mí. Soy el tipo que está acurrucado a la sombra de la barra de un bar, un hombre leyendo el periódico en un parque, un camarero de una cafetería en la ultima esquina de Paris. Soy esa pequeña sombra en la esquina de vuestra mirada, que desaparece al buscarla, pero que, en el fondo, sigue ahí.
Soy tan viejo como las montañas que azota el viento del este. A mi el viento también me busca, revolotea entre mi gabardina y busca robarme algo de calor, pero yo no siento frío ni calor, la lluvia no moja mi cuerpo, el cansancio…el cansancio es una emoción que no puedo permitirme sentir.
Tengo una tarea que cumplir, una tarea eterna, para perdonar un pecado que jamás llegué a conocer, o quizás ya lo he olvidado, y por el que llevo pagando tantos años. Mi tarea es comprar, pero no cualquier cosa, recorro tascas, locales de mala muerte, palacios y hasta centros comerciales abarrotados, en busca de recuerdos, historias, anécdotas, también esos susurros a media voz en una zona apartada, el sonrojo de una joven ante su primer halago, una sonrisa, la caricia de un amante, el abrazo de una madre…o las lagrimas de un desamor o una perdida… Busco todo aquello que es intenso, un momento de brillante fugacidad, que guardo para mí.
Cada noche, todas las noches desde hace cientos de años, vuelvo a mi casa, un piso olvidado, sin numero ni letra, en un edificio olvidado y quejumbroso de una calle que nadie visita. Es lugar es especial, tan especial, que si lo buscarais jamás podríais encontrarlo. Ahí guardo mis compras. Las guardo todas en esa pequeña cajita de bordes que antaño fuesen dorados, con la tapa de cuero desgastada por el uso. Esa pequeña cajita que es mi memoria, la parte más hermosa de ella. Allí reposan: la sonrisa desdentada de un niño en el parque al ganar una canica, las lagrimas derramadas por un desengaño, esa frase que se oye cuando todos se callan.
Las guardo todas ahí con mimo y cada vez que abro la caja salen y revolotean por el negruzco techo del piso, de yeso desmenuzado por el paso de los años. Parecen luciérnagas de miles de colores. Un derroche de calor, color y luz  en un mundo gris y frío, que ha olvidado lo que es la sencillez de la belleza. Luego vuelven todas obedientes a su caja, suspirando y anhelando por su próxima salida y saludando a sus nuevas compañeras con pequeños chispazos de luz que manchan la vieja alfombra del piso.
Yo me duermo, abrazando la caja, como he hecho siempre, como seguiré haciendo hasta que pague mi deuda y pueda convertirme en una de esas luciérnagas de colores, mientras  otra pobre y desgraciada alma ocupa mi lugar para lavar su culpa. Pero eso no será hoy, probablemente tampoco mañana. 
Aún me queda mucho por comprar.

lunes, 13 de febrero de 2012

El latir de un corazón de piedra


Los adoquines negros relucían bajo la lluvia. Las fachadas, de mil y un cálidos colores, eran las únicas testigos de sus pasos. La ciudad eterna yacía silenciosa esa noche de tormenta y niebla. Una figura caminaba silenciosa por el filo de la media noche. Su rostro, casi oculto por las sombras de sus negras prendas, dejaba aún entrever una juventud casi pueril. Sus pasos amortiguados apenas eran un murmullo, que junto a la monótona lluvia, arrullaban el sueño de los yacentes.
Atravesó  las calles, llenas de pasado e historia. Cruzó velozmente la plaza, donde contempló la estatua de los ríos, siempre hermosos, siempre burlones. Le pareció atisbar un movimiento, cerca del rabillo del ojo, y aceleró sus pasos. La hora estaba cerca y las sombras empezaban ya a moverse. Las calles, antes llenas de luz de lluvia, se iban volviendo más siniestras y oscuras a cada paso. La figura embozada aceleró el paso. Notaba como el aire quemaba y helaba su pecho por el esfuerzo y el miedo, mientras sus pies, siguiendo un sentimiento más grande, empezaban una feroz carrera sobre los resbaladizos adoquines.
Podía ya sentir las sombras, la viscosa  oscuridad pegándose a su espalda, reptando en busca del calor de su corazón, cuando el húmedo frío del río le avisó de que había llegado a su destino.
Las sombras retrocedieron un instante ante aquel puente iluminado por la luz de la luna. Pero sólo un instante. La figura no se detuvo, se adentró en el puente, con el corazón lleno de miedo y esperanza. Su mente se serenó en cuanto sus pies rozaron el blanco mármol del puente, los pensamientos dejaron su veloz latir para concentrarse en la belleza del momento. Alzó la vista hacía las figuras que guardaban el puente, blanco mármol iluminado por la luz de la luna, que parecía sólo iluminar el puente, manteniéndolo más allá de la tormenta.
Aguardó en silencio, pidiendo interiormente perdón y misericordia, pero el momento parecía no llegar. Se mantuvo firme incluso cuando las sombras comenzaron a engullir su forma. Sintió miedo…luego el valor del perdido, que planta cara en una ultima batalla que sabe que no puede ganar.
Hubo un movimiento, seguido del sonido de un aleteo suave, cuando una de las figuras descendió de su pedestal bañada en luz. Las sombras se alejaron, y el rostro esculpido en piedra hizo que la figura se estremeciese. Otros ángeles fueron bajando de sus pedestales y se situaron alrededor del visitante que ahora se estremecía y sollozaba.
El puente vibró hasta sus cimientos cuando una figura descendió de las alturas para posarse en él. El gigantesco ángel de bronce, guardián de la fortaleza, se acercaba lentamente a la figura que temerosa rehuía incluso mirarle. El ángel observó con rostro impenetrable a la figura sollozante. Con un batir de sus alas levantó un vendaval que desembozó a la figura. La melena, de un color dorado como el mismo Sol, cayó rizada y suave por los hombros, el rostro se alzó iluminando así una piel blanca como la porcelana y unos ojos, verdes y vidriosos a causa de las lagrimas, tan jóvenes como el futuro y tan antiguos como el mundo.
Hubo un momento en el que todo estuvo en silencio, ni ángeles ni sombras se atrevieron a decir nada ante la brillante criatura que ahora aparecía ante ellos. Las sombras fueron las primeras en reaccionar, susurrando, sibilinas y reptilianas, ante la deliciosa presa que acababa de aparecer ante sus ojos y pugnaban ya por penetrar el albo círculo que los ángeles habían formado a su alrededor. Su ansía y su voracidad eran tales que robaron el brillo a la propia luna y se colaron  en el círculo.
Los ángeles de piedra permanecieron impasibles mientras las sombras reptaban hacia la dorada figura. La joven, volviendo a notar el frío grito del dolor en su pecho, suplicó:
     -  Por favor, por favor… perdóname – Sintió como una sombra se enroscaba alrededor de su tobillo, el frío que siguió al mordisco de la oscuridad nubló su rostro – por favor… -  
-          -  Tu te marchaste – la voz metálica y sin sentimiento del ángel resonó por todo el puente – Tu nos abandonaste –
-              -     Sabes por qué lo hice – sus miradas se cruzaron y el corazón de ella se aceleró – sólo quería saber cómo era… - un nuevo mordisco y su voz salió ahogada a través de sus azulados labios – tener un corazón…-
Hubo oscuridad y luego… luz.

Las alas se abrieron a su espalda, brillantes durante un parpadeo y luego blanco mármol. Las sombras se alejaron, siseando temerosas ante el nuevo ser que acababa de renacer ante sus ojos. El joven ángel sacudió sus alas encantado por un momento y después hizo una profunda reverencia ante el ángel de bronce que por un momento pareció sonreír.
-          Tu vuelta me alegra, Gabriel – fueron sus únicas palabras antes de que sus miradas se cruzaran un segundo antes de que emprendiera el vuelo, y en el pecho de Gabriel, un aleteo arrancó una sonrisa de sus labios.



Dicen los que han vivido en Roma siempre que una vez uno de los ángeles del puente de Sant’Angelo desapareció y permaneció perdido durante más de 50 años, para volver a aparecer una noche de tormenta como si no hubiera pasado. Hay muchas leyendas sobre lo que pudo pasar con el ángel, pero la favorita de los romanos, como buenos románticos, es que el ángel del puente se marchó por que estaba enamorado y que fue a buscar un corazón para amar y que cuando lo encontró volvió al puente. La leyenda también dice, que si te acercas mucho a ese ángel, puedes oír su rumor de latidos de piedra, y entonces verás que sus ojos siempre miran al gran ángel que cuida la fortaleza… 

viernes, 27 de enero de 2012

Blog sobre maquillaje

Para aquellas más presumidas, a las que os guste el maquillaje y los productos de belleza en general acabo de abrir un blog nuevo con algunas amigas, por si a alguna os interesa pasaros. Un saludo!